Al lugar donde se contienen y desarrollan acciones culturales se le ha denominado de diferentes maneras: “equipamiento cultural”, “espacio cultural”, “territorio de la cultura”, “centro cultural”, entre otras variaciones que muchas veces son utilizadas de manera indistinta sin reparar en los matices de cada una. En Nodos Culturales buscamos utilizar un concepto amplio que nos permita abarcar los distintos lugares para la creación, exhibición y encuentro cultural en la ciudad que son producidos tanto por agentes públicos, como privados y de la sociedad civil. Estos últimos, muchas veces no son tomadao en cuenta en las conceptualizaciones clásicas; por ello, nuestro marco teórico ahonda en la noción de producción del espacio para entender el espacio cultural.

¿Por qué partir del término “espacio”?

Utilizamos el término espacio cultural porque la noción de espacio nos permite referirlo al enfoque de Henri Lefebvre quien sostiene que el espacio es un producto social como resultado de las relaciones sociales y procesos históricos de se materializan en una determinada forma espacio-territorial (2013). Asimismo, Lefebvre propone que esta producción social del espacio se compone por tres instancias que se interrelacionan:

  • El espacio percibido: relacionado con la dimensión física y dada del espacio que puede ser percibida por las personas en su uso cotidiano
  • El espacio concebido: relacionado a las ideas y abstracciones realizadas sobre el espacio por parte de especialistas para proponer o imponer determinadas representaciones de cómo debería ser el espacio
  • El espacio vivido o de representación: relacionado al espacio experimentado socialmente y, por tanto, tiene un carácter subjetivo y simbólico.

Cada sociedad e, incluso, sectores de la sociedad producen sus propios espacios de acuerdo con cómo lo perciben, conciben y representan. Los espacios culturales no son ajenos a estos procesos de producción del espacio, por lo que el marco teórico de Lefebvre nos permite encauzar este término.

Teixeira Coelho (2009) sostiene que espacio cultural es un término sugestivo y apropiado para aquellos espacios indicados como territorios de la cultura o de los modos culturales diversos ya practicados en un lugar. Por el contrario, los conceptos contemporáneos de espacio cultural resultados de una política cultural, como los equipamientos, implican una desterritorialización de la cultura; es decir, que las prácticas culturales iniciales de determinados lugares pasan a ser manifestadas en otros lugares con los que no están relacionados histórica o socialmente. Asimismo, Gemma Carbó (2015), sostiene que espacio cultural es una expresión que resulta más inclusiva para considerar tanto equipamientos culturales “clásicos” como otros lugares que pueden cumplir otro tipo de funciones alrededor de lo cultural. En este sentido, la noción de espacio cultural nos remite a un espacio socialmente construido para la práctica cultural tanto en un sentido territorializado como desterritorializado; es decir, pueden ser tanto la materialización de las prácticas culturales de un territorio como el traslado o difusión de otras prácticas culturales a nuevos territorios.

A partir de lo indicado por Coelho y Carbó es posible dar cuenta que los espacios culturales también son espacios vividos y percibidos (o territoriales, como menciona Coelho) y espacios concebidos. Como indican Emilio Duhau y Ángela Giglia, el espacio responde a los gustos y emociones de la gente que lo habita; es decir, son lugares dotados de significados en la experiencia cotidiana de sus habitantes y, por lo tanto, se constituyen también en espacios de disputa (2016).

De este modo, la noción de espacio invita a observar los espacios culturales tanto desde su dimensión concebida de Lefebvre, como lo son equipamientos surgidos de una política cultural pública o privada, pero también desde su dimensión simbólica y percibida como lo son los espacios apropiados y resignificados por la sociedad civil.

El espacio cultural

En ese sentido, los espacios culturales tienen en común que son lugares donde se desarrollan y ponen en común diversas manifestaciones culturales. Sea una obra de teatro, una pieza de danza, una escultura, un textil o una película, lo que estas prácticas culturales comparten es que toman y organizan sentidos (creencias y valores) que circulan y son compartidos en sociedad. Asimismo, todas estas manifestaciones operan en el campo de lo sensible, es decir, en su constitución portan elementos que tocan la sensibilidad de quienes participan en ellas.

Ya que no queremos abordar lo cultural desde su dimesión antropológica y entrar en la discusión de que “todo puede ser cultura”, proponemos aquí unas definiciones al respecto. Por manifestaciones culturales nos referimos a prácticas que toman y organizan significados compartidos socialmente por medio de procesos sensibles y creativos: una obra de teatro, una danza tradicional, una escultura, un textil, una película, etc. Hablamos de manifestaciones culturales y no de artes pues buscamos disputar el sentido común que establece una jerarquía entre “bellas artes” y “artes folklóricas”. Tanto una pintura barroca o un diseño kené son manifestaciones culturales relacionadas a lo visual, así como el teatro, los rituales y el kpop son manifestaciones culturales relacionadas con lo performativo. Reconocemos sus particularidades porque todas las manifestaciones culturales son igualmente valiosas.

Por otro lado, los espacios culturales disponen de mecanismos de vinculación para poner en común dichas manifestaciones culturales con las personas . Estos mecanismos pueden ser de diversos tipos: exposiciones, conciertos, funciones, presentaciones, recitales, talleres, rituales, activaciones, etc. Estas actividades pueden ser de caracter eventual (acontecimientos puntuales) o o de procesos territoriales de largo plazo (por ejemplo, los procesos comunitarios). Bajo estos mecanismos, identificamos que las personas se pueden vincular en el espacio, principalmente, de dos maneras: como espectadoras, donde la persona va a ver una manifestación cultural (por ejemplo, en un galería o en un teatro) o como practicantes, donde la persona va a practicar una manifestación cultural (como en los espacios públicos tomados o en centros culturales que ofrecen talleres). En tal sentido, una exhibición en una galería o una presentación de una danza en un espacio público serían formas de poner en común dichas experiencias sensibles.

Es importante, para seguir entendiendo el espacio cultural, darnos cuenta de las diferencias entre los espacios. Para ello, podemos subdividir los espacios culturales en dos grandes tipos: equipamientos culturales y espacios culturales alternativos.

Equipamieto cultural

El concepto de equipamiento cultural es un concepto ampliamente utilizado en la gestión cultural. Los equipamientos culturales se refieren tanto a las edificaciones físicas como los equipos técnicos y humanos constituidos para cumplir funciones y servicios culturales determinados, por lo que están dotados de recursos necesarios para el desarrollo de programas o actividades destinadas a dicho fin (Carbó Ribugent, López Cruz y Martinell Sampere, 2015, p. 7). La instalación de un equipamiento cultural puede responder a una necesidad sociocultural detectada, a una demanda de líderes de la comunidad o, también, a la aplicación de una estrategia de política de desarrollo en un territorio determinado.

Según Enrique del Álamo, los equipamientos pueden ser del tipo especializado y del tipo polivalente (del Álamo, s/f). El primer tipo se refiere a aquellas edificaciones clásicas construidas y equipadas para hacer operativas actividades culturales específicas en áreas como patrimonio, artes escénicas y musicales, y artes plásticas. El segundo tipo, los equipamientos polivalentes o de proximidad hace referencia a aquellas edificaciones de uso múltiple para el desarrollo de las prácticas cultural de manera social, educativa o política (del Álamo, s/f). Este segundo tipo de equipamiento, si bien contempla una dimensión relacional con el entorno social del territorio donde se ubica, es un término poco utilizado en la gestión cultural tanto formal como alternativa en las ciudades latinoamericanas.

Cabe resaltar que el modelo de equipamiento cultural tiene como base ideológica el paradigma de la democratización de la cultura o, como menciona Carbó, la pretensión de “llevar cultura ahí donde no tenía posibilidades o medios de manifestarse más allá de la pertinencia o no de la edificación en el territorio” (2015, p. 11). Este punto crítico sobre el modelo del equipamiento cultural es aunado por otros autores como Xan Bauzada quien señala que el “afán equipamental” se ha venido ejecutando bajo una lógica de implantación en diversos territorios, disminuyendo la participación comunitaria y reproduciendo relaciones verticales de poder (2001). Asimismo, el autor menciona la pertinencia de repensar el equipamiento y el paradigma de democratización cultural hacia un modelo más abierto, participativo y diversificado.

Por su parte, Teixeira Coelho resuena esta definición indicando que los equipamientos culturales son una “dimensión más restringida” del espacio cultural debido a que representa, además de la infraestructura, a “todos los aparatos y objetos que hacen operativo un espacio cultural” (Coelho, 2009). En ese sentido, el término equipamiento cultural se limita al componente de recursos de los lugares para la circulación de bienes culturales, por lo que no contempla otros lugares operados desde otras prácticas de difusión y creación culturales más allá de los recursos clásicos.

En base a estas revisiones, se marca una distinción entre el espacio cultural del tipo equipamiento y otros tipos de espacio cultural que también pueden ser contenedores de procesos culturales de manera alternativa a las estrategias equipamentales públicas y privadas. Como señala Ana Wortman, “ya no son exclusivamente teatros, cines, salas de música los espacios que ofrecen para el gran público bienes culturales, sino que además aparecen sociedades barriales, centros culturales, iglesias, casas tomadas, bares y restaurantes, plazas, es decir, espacios no convencionales, lugares abandonados como ámbitos de formación y difusión cultural” (2021, p. 352). Esto cobra mayor relevancia en ciudades latinoamericanas donde la dotación de equipamientos urbanos en general no es equitativa en todo el territorio, teniendo como consecuencia brechas para la participación en la vida cultural de la ciudad.

Espacio alternativo

El espacio cultural, entonces, puede abarcar otros tipos de espacios fuera de la producción equipamental concebida desde las políticas culturales públicas . Los espacios culturales muchas veces surgen de la resignificación de los espacios cuya función original era otra o cuyas condiciones eran hostiles para la práctica cultural (Coelho, 2009). Estos nuevos espacios convertidos para el uso cultural suelen ser infraestructuras cuyo uso original no eran culturales, así como espacios públicos apropiados para el uso cultural (Ruesga, s/f). Por lo general, la apropiación y resignificación de espacios proviene de la acción de la sociedad civil en paralelo o en contraposición a la acción del Estado o del sector privado.

Estos espacios de uso cultural se han denominado de diferentes maneras: “alternativos”, “autogestionados”, “independientes”, “underground”, etc. Para esta investigación, optamos por el término de espacios culturales alternativos para referirnos a los lugares creados y promovidos principalmente por la sociedad civil con poca o ninguna relación con el Estado, y, en muchos casos, están vinculados a organizaciones sociales, políticas o de base comunitaria del territorio donde se encuentran.

De acuerdo con Valente, citando a Wortman, estos espacios empiezan a identificarse en los años 90 en Latinoamérica y tuvieron una marcada búsqueda de formas de “reterritorialización a partir del 2000 (Valente, 2019). El componente simbólico es la característica principal de estos espacios ya que son producidos a partir de los gustos y emociones de la gente que lo habita; como sostienen Guadarrama y Moreno, “son espacios en los cuales las experiencias relacionadas con la memoria viva de sus moradores, su vida íntima, sus rutinas domésticas y de trabajo, el gusto y el entretenimiento se traslapan” (2019, p. 76).

Bauzada, X. (2001). Los espacios del consumo cultural colectivo. Reis: Revista Española de Investigaciones Sociológicas (96), 51-70.

Carbó Ribugent, G., López Cruz, T. y Martinell Sampere, A. (2015). Los equipamientos culturales. Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Coelho, T. (2009). Diccionario crítico de política cultural: cultura e imaginarios. Gedisa.

Duhau, E. y Ángela, G. (2016). Metrópoli, espacio público y consumo. Fondo de Cultura Económica.

Del Álamo, E. (s/f). 3.5.1 Los espacios formales y reglados. En Atalaya, Manual Atalaya: Apoyo a la Gestión Cultural. http://atalayagestioncultural.es/capitulo/espacios-formales-reglados

Guadarrama, R. y Moreno, M. (2019). Espacios culturales alternativos: La Roma-Condesa en la Ciudad de México. Alteridades, 29 (58), 73-85.

Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Capitán Swing.

Ruesga, J. (s/f). El uso cultural de los espacios no culturales en el Manual Atalaya. En Atalaya, Manual Atalaya: Apoyo a la Gestión Cultural.  http://atalayagestioncultural.es/capitulo/uso-cultural-espacios-no-culturales

Valente, A. (2019). Tejer redes. Experiencias de coordinación entre espacios culturales
autogestionados de la ciudad de La Plata, Argentina. Culturas. Revista de Gestión Cultural, 6 (2), 46-64.

Wortman, A. (2021). Los giros en las políticas culturales en América Latina. En J. Poblete (Ed.), Nuevos acercamientos a los estudios latinoamericanos. Cultura y poder (pp. 341-360). CLACSO.

Published On: 16 de febrero de 2021 / Categories: Marco conceptual / Tags: /